Dios no retiene su bendición por mero capricho o antojo. Cuando parece que Dios ya no escucha nuestras oraciones, lo hace con un propósito. A veces es para enseñarnos paciencia y perseverancia, y para darnos la oportunidad de demostrar cuánto lo deseamos a Él y a su bendición (Lucas 18:1–8). Sin embargo, más a menudo es porque hay pecado en nuestras vidas —un pecado del cual somos conscientes o no pero no estamos dispuestos a confrontar o abandonar el mismo. Esto es mas com que lo que uno piensa. El ser humano es tan egocentrista que el mismo pensar en uno hace tu mente divagar del mismo Dios. Esto no sólo le occurre a los no creyentes sino que he visto en estos últimos dias que este espíritu de estupor ha afectado al creyente y se ha infiltrado en la iglesia. Con todo esto Dios sigue renovando su gracia y misericodia todos los dias.
La respuesta de Dios a nuestras oraciones no depende de que pensemos que no tenemos pecado. Si así fuera, nadie vería sus oraciones contestadas, porque ninguno de nosotros es perfecto de este lado del cielo. Pero que Dios escuche nuestras oraciones sí depende de que tomemos en serio la lucha contra el pecado en nuestra vida. No es la presencia del pecado, sino la tolerancia del pecado, lo que bloquea la comunicación con el cielo.
El salmista dijo:
“Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado. Pero ciertamente Dios me oyó; atendió a la voz de mi súplica.” (Salmo 66:18)
Pero ¿qué pecado específico estaba afectando tan seriamente la comunicación con Dios en los días de Malaquías? Al analizar la condición espiritual del pueblo, lo primero que hace el profeta es recordarles un principio general que se repite a través de toda la Escritura.
El libro de Malaquías comienza recordándole a Israel que su decadencia espiritual ocurrió en el contexto del amor fiel de Dios hacia ellos:
“Yo los he amado —dice el Señor” (Malaquías 1:2).
Ahora, al venir a Dios preguntando por qué parece no escuchar sus oraciones, malaquías les recuerda que ese amor distintivo de Dios hacia su nación implicaba una gran responsabilidad. “¿por qué nos portamos deslealmente unos contra otros?”
Esta era la acusación directa de Dios a nosotros.
La falta de respuesta a sus oraciones tenía una raíz relacional profunda: infidelidad e injusticia en sus relaciones y pactos.
Para Malaquías, el problema no era simplemente que el pueblo cometía pecado; era que se habían acostumbrado a convivir con él, a justificarlo, a hablar de Dios mientras ignoraban las áreas rotas de su vida. Era una religiosidad vacía que mantenía apariencia de devoción, pero no transformación real. Esto nos ha ocurrido a cada uno de nostros en algún punto de nuestra vida. Dejamos de ver a Dios por culpa de nuestro deseo por alcanzar alguna meta y, por la razón que sea. Aquí lo que sucedió es que quitamos nuestra vista del autor de nuestra vida. Nos olvidamos que El quiere simplemente el bien para nosotros y El hará según sus promesas. Por nuestra concupisencia pensamos que lo podemos hacer en nuestras propias fuerzas y, esto es un metira del enemigo. Sin Dios nada podemos hacer. Como dice en su palabra Juan 15:5 (RVR1960) “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.” Este es el pasaje biblico más directo y claro en la biblia sobre que sin Dios y sin permanecer en Cristo no podemos producir fruto, vencer, ni avanzar espiritualmente ni físicamente. Por tanto, volvamos nuestra mirada a Cristo y nuestro enfoque. Ahora volvamos a mirar todo lo que tenemos a nuestro alrededor y veremos que Dios ha sido más que bueno y que tenemos mucho por que dar gracias. ¡Gracias Dios!
Por
César Castro