“¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?” — Juan 6:70
Estas palabras de Jesús son fuertes, solemnes y profundamente reveladoras. Cristo hablaba de Judas Iscariote, uno de los doce discípulos que caminó junto al Maestro, escuchó Sus enseñanzas, vio milagros y aun así permitió que su corazón se endureciera.
Este pasaje nos recuerda una verdad poderosa: no basta con estar cerca de las cosas de Dios; es necesario tener un corazón rendido verdaderamente a Él.
Judas estuvo entre los escogidos, pero nunca permitió que Cristo gobernara completamente su interior. Exteriormente parecía discípulo, pero interiormente había espacio para la traición, la avaricia y la hipocresía. Jesús dijo en Mateo 15:8:
“Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí.”
La cercanía física con lo sagrado no reemplaza una relación genuina con Dios. Podemos asistir a la iglesia, cantar, predicar e incluso servir, pero el Señor sigue examinando el corazón.
La Escritura nos exhorta:
“Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe.” — 2 Corintios 13:5
Este mensaje no es solo una advertencia; también es un llamado al arrepentimiento y a la sinceridad delante de Dios. Jesús no desea seguidores aparentes, sino discípulos transformados. Él busca corazones fieles, humildes y obedientes.
Judas tuvo privilegios que muchos hubieran deseado tener:
. Caminó con Jesús.
. Escuchó la voz del Hijo de Dios.
. Presenció milagros sobrenaturales.
. Fue contado entre los doce.
Pero aun así, nunca crucificó verdaderamente su carne ni rindió totalmente su voluntad.
Proverbios 4:23 declara:
“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.”
Hoy debemos preguntarnos:
¿Estamos siguiendo a Cristo solo de apariencia o verdaderamente le hemos entregado todo?
¿Nuestro corazón pertenece completamente a Dios?
¿Hay áreas ocultas que todavía no hemos rendido?
Dios no busca perfección humana, pero sí sinceridad y arrepentimiento genuino.
Que nunca seamos solamente personas cercanas al evangelio, sino transformadas por el evangelio.
Juan 10:27 dice:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.”
La diferencia entre un discípulo verdadero y uno falso no es la cercanía externa, sino la obediencia interna y la permanencia en Cristo.
Que podamos decir como David:
“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.” — Salmo 51:10