Vivimos en tiempos donde el miedo se presenta con ropas de prudencia, la decepción se disfraza de verdad y la ansiedad intenta gobernar el corazón. No son luchas nuevas, pero sí intensas. La Escritura nos recuerda que estas batallas no se ganan con fuerza humana, sino con una confianza profunda y constante en Dios.
El miedo nunca fue diseñado para dirigir nuestra vida. La Palabra declara con claridad: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7). Cuando el temor gobierna, paraliza la fe y distorsiona nuestra percepción de la realidad. El miedo exagera los problemas, magnifica las amenazas y nos hace olvidar quién es Dios. Pero cuando recordamos que el Señor es nuestro pastor y nada nos faltará (Salmo 23:1), el temor pierde su autoridad.
La decepción espiritual es una de las armas más sutiles del enemigo. Jesús advirtió: “Mirad que nadie os engañe” (Mateo 24:4). La decepción no siempre llega de forma evidente; muchas veces se infiltra con medias verdades, emociones intensas y mensajes atractivos que no están alineados con la Palabra. Por eso, el creyente está llamado a caminar con discernimiento. El Espíritu Santo es quien nos guía a toda verdad (Juan 16:13). Cuando permanecemos en la Escritura y en comunión con Dios, la mentira queda expuesta y la luz vence a las tinieblas.
La ansiedad, por su parte, es el resultado de intentar cargar solos lo que Dios nunca nos pidió llevar. Jesús habló directamente a este peso invisible que oprime el alma: “Por tanto os digo: no os afanéis por vuestra vida” (Mateo 6:25). La ansiedad nace cuando el futuro ocupa el lugar que solo le pertenece a Dios. Nos roba la paz del presente y nos encierra en un ciclo de preocupación constante. Sin embargo, la promesa permanece firme: “Echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:7).
Vencer el miedo, la decepción y la ansiedad no significa que nunca volverán a tocar a nuestra puerta. Significa que ya no tienen dominio sobre nosotros. Significa que hemos aprendido a llevar cada pensamiento cautivo a la obediencia de Cristo (2 Corintios 10:5). Significa elegir la fe cuando las emociones gritan lo contrario. Significa confiar incluso cuando no entendemos.
El Salmo 91 nos recuerda que el que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente. Allí no gobierna el temor, no prospera la mentira y la ansiedad no tiene la última palabra. Allí encontramos refugio, verdad y paz.
Hoy, Dios te invita a soltar lo que te oprime y a abrazar lo que Él promete. El miedo se vence con la presencia de Dios. La decepción se derrota con la verdad de Su Palabra. La ansiedad se rinde ante la paz que sobrepasa todo entendimiento (Filipenses 4:6–7).
Camina confiado. No estás solo. El Señor va delante de ti, pelea tus batallas y guarda tu corazón. En Cristo hay libertad, hay verdad y hay paz eterna.